miércoles, 8 de diciembre de 2010

"Sin paraíso no hay romanticismo"

"Sin paraíso no hay romanticismo"
Es lo que recuerdo... tal vez ahora que estoy leyendo de nuevo, hubiese sido una buena síntesis que compartir, y claro, quizás ahora que pienso con menos claridad, pienso que hubiese sido el encuentro perfecto entre el hoy y el ayer, entre lo que somos y nos cuentan que fuimos, entre esa necesidad de querer volver al pasado, o sea, alguna vez un Adán en un paraíso, ¿perdido, olvidado, ansiado, tortuoso, culpable? qué se Yo, colóquele el adjetivo que quiera, pero digamos el mínimo común: verde, lleno de flores y animales, sin nombre, o en proceso de nombrar, un Sol, que no sabría describir, posiblemente más blanco, más rojo por las tardes, ¿Todos desnudos? ¿Dónde habrán tejido sus telas las arañas? ¿Qué moscas habrían quedado atrapadas? ¿Cómo habrá sido la primera lluvia? ¿Tras que miradas habrán surgido las cordilleras? ¿Qué hombres cansados habrán disfrutado del viento? ¿Habían veranos, inviernos? ¿Había otoños y primaveras? Pues no, parece que no. No me atrevo a afirmar. Eso es cosa del tiempo: ¿Del período Secundario, en un salto dudoso, pero que se visualiza hacia el Cuaternario? Eso se encarna en el espacio; ¿Escribo bien? el espacio, y el Edén no era ningún lugar, no era ningún jardín. Ni se caminaba durante paseos largos, ni se sentía la propiedad de una esquina, de un paradero, jajaja, imposible, ¿Cierto? en ese tiempo, muy lejano del siglo XXI, de un árbol (presumiblemente sólo el vedado), pues, ¿Hacia dónde podrías ir Adán si lo tenias todo o más bien, no tenías nada que olvidar? Todo estaba por hacerse, o por lo menos, sentirse, adquirir con la sensibilidad de los ojos, de la piel, de la emoción, del silogismo forzado, a esta altura en que los verbos recién se probaban en acciones inmaculadas, sin rencor. La verdad no te envidió nada Adán, ni si quiera la verdad de Dios, ahí a tu lado, ni el árbol del fruto prohibido, Yo, que a cada paso, pruebo una vez más la incertidumbre- puede ser también la obligatoriedad- de ser hombre, un hombre que nunca ha perdido un paraíso. Y tal vez por ello: ¿Más feliz? Lo seguro: sin aires de romanticismo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Muñeca

La vestí como pirata. Le puse una cinta negra en el cuello, un parche en el ojo izquierdo, aunque pudo ser el derecho, una camisa blanca, una delgada chaqueta oscura sin mangas ceñida al cuerpo, apegada, reluciente, tan nítida como una linea surcada en la tierra reflejando el busto, sus pechos: pequeños, creo, y más arriba, el último botón de la camisa suelto. Aún se ve sin vida... piensa, qué más, ya se me ocurrió... tome su brazo, abrí su boca, para la otra debo elegir una con labios más grandes o por lo menos más rojos, ja, y con dientes, porque parece un vacío, una cueva que asusta, le puse de todas formas el dedo en esa oscuridad poco creíble, y cerré su boca: mucho mejor. Los ojos, eso, les dibuje una leve modorra ¿Cómo se puede dibujar la modorra? mejor pereza, le pinto sus ojos simbolizando la pereza, haciendo que el rimel abarque un poco más de la mitad de los párpados. Por último, le puse una falda cortisíma ¿Negra o verde? El verde no va mucho con el negro, pero ¿todo de negro? ... mmm...Verde, fue una buena opción. La tomo tiernamente entre mis brazos, conjugo mi ternura, mi dedicación, la delicadeza, debe ser patética la escena, pero no, la verdad es que pienso que ella solamente se queda en silencio, pucha, se le cayó el dedo, no importa. La deje en la cama, eso, en silencio, imagino los gestos, los ojos cerrándose como aprisionados por el sueño, y reabiertos levemente por una luz que los dilata, para volver a desaparecer cayéndose los ojos fijos en mi mano, me imagino que se muerde la boca mientras, antes de cerrar mis ojos, le voy abriendo la camisa y me voy acercando con mi boca. Hago el sonido de un beso, aunque se que es mentira, definitiva y concluyente la mayoría de las veces, pero me parece hoy, real; un consuelo acogedor.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Lectura

Hans, cuando estoy mucho tiempo en un mismo lugar noto que veo peor, como si empezara a quedarme ciego. Todo va pareciéndose, se vuelve borroso y dejo de maravillarme. En cambio cuando viajo todo me parece un misterio, incluso antes de llegar. Me gusta por ejemplo ir en las diligencias y observar a los desconocidos que viajan conmigo, me gusta inventar sus vidas, adivinar por qué se van o por qué llegan. Me pregunto si pasará algo que nos una por azar o si nunca volveremos a cruzarnos, que es lo más probable. Y como seguramente no volveremos a cruzarnos, pienso que esa intimidad es única, que podríamos seguir callados o confesarnos cualquier cosa, yo qué sé, mirando por ejemplo a una señora pienso: ahora mismo podría decirle la amo, podría decirle señora, sepa que usted me importa, y habría una posibilidad entre mil de que en vez de mirarme como a un demente ella me contestara gracias o me sonriera (¡ y una mierda!, dijo Reichardt, ¡lo que haría la señora es darte una bofetada, por calenturiento!), sí, claro, pero también podría preguntarme: ¿Lo dice usted en serio? o de pronto podría confesarme: hace viente años que nadie me lo decía ¿entiendes? Quiero decir que me emociona sospechar que es la única vez que veré a los pasajeros de esa diligencia. Y al verlos tan callados, tan serios, no puedo evitar pregutnarme en qué estarán pensando mientras me miran a mí, que sentirán, qué secretos tendrán, cuánto sufren, a quién aman, eso. Es igual que con los libros, los ves apilados en una librería y te gustaría abrirlos todos, saber al menos como suenan. Piensas que podrias estar perdiéndote algo importante, los ves y te intrigan, te tientan, te hablan de lo pequeña que es tu vida y lo inmensa que podría ser.
Hans. El viajero del siglo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Plaza de Armas

Debe ser una confusión. Una mezcla de películas, imágenes de novelas, fotografías y quizás un recuerdo vago. Es impreciso, pero al final de un pasillo rodeado de arbusto, de hojas impermeables, bañadas por una capa de suave liquido, y de otros más tupidos, quizás a diez o quince metros, lo bastante largo y extenso para la mirada de un niño, claro, porque en uno de los extremos la imagen es la de un niño: sandalias cafés con unos cierres dorados, duros, incómodos por la expresión de Mauricio al caminar, pantalones cortos, una camisa a cuadros azules, amarillos con un fondo flanco y sobre sus ojos la melena de su pelo dispuesto hacia la frente, como el He-Man que ve las tardes en el canal cinco. Y mientras camina hacia el otro extremo envuelto en una luz que lo acompaña, pero que desaparece del espacio circundante, que lo ilumina solo a él, como la luz de un reflector, pero menos invasiva, puesta como en hilos transparentes ¿Es un niño recuerdan? se encuentra un hombre viejo, sin forma, solo con un chupalla y al lado un caballo: ¿De verdad o mentira? Me confundo, Mauricio que ya ha llegado y se fija en los ojos de a crochet, no dice nada, se hunde, teme acercar su mano, algo le da confianza, un gesto, tal vez un guiño del hombre, tal vez la montura que tiene lo colores de Chile, si, porque ya sabe, que Chile es azul por el cielo, blanco por la nieve y rojo por la sangre, tal vez de Arturo Prat, pero eso lo tiene menos claro, porque no lo ve, tal vez el hecho de que siente que el caballo impasible, tiene vida, también la vida alrededor va apareciendo, como los objetos vuelven aparecer cuando amanece tiernamente, en la plaza : el vendedor de helados, otros niños con globos, remolinos, organilleros, gente jugando ajedrez, música, si, música, que baja por la plaza como las niñas que bailan tomándose con la punta de los dedos los bordes de sus vestidos, girando, meciéndose alegres. Algo llena el espacio de vida, es el soplo de un sueño, su abuelita siempre esperándolo con una servilleta para sacarle las manchas de helado. Todos son felices en esta plaza española, o que era española, y hoy es un recuerdo vago, que ya no existe.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Recordar nos hace felices

Hace tiempo hubiese sido futbolista, en parte lo fui, y hoy que no lo soy, me doy cuenta de todas las coincidencias que existían y que apuntaban hacia el futuro, que es hoy, y que no da huella alguna sobre el futuro del mañana. Primero fueron las calles: en 1997 el campo de entrenamiento se cruzaría con la casa de ella, pero 10 años más tarde... claro que unas cuantas cuadras más allá, pero caminar no me importaba, si después no nos movíamos del lugar. Cómo pasa el tiempo dice José mientras se arranca una pelusa del botón superior de su camisa a cuadros. El cuadernillo se encuentra apegado a su cuerpo. Y mucho, dice el comentarista y continúa: luego con la casa de estudios, ya digamos mejor universidad, y siempre, siempre, siempre ¿Es necesario que repita tanto? dice, mire que tengo que escribir textual y a mano, mientras juega con el lápiz sobre el cuadernillo ¿Colocó la repetición? Si, y no me interrumpa que me pierdo... siempre esperó que aparezca en el mismo lugar, algo así como la espera del gol que no fue, pero que uno se lo imagina siempre, de chilena, jajaja a lo Sandrino Castec contra Argentina en Mendoza ¿Lo recuerda? O de taquito y seamos francos, soñando que me paso, eludo a todo la defensa para clavarla en un costado mientras el arquero ni si quiera se quiere levantar para no ver el balón en la red. Más en una tarde como la de hoy, cuando los árboles se ven tan vivos y son una alegoría de esa espera excesiva, equivocada, angustiosa, pero extrañamente feliz, porque me recuerda lo que fue y lo que desde ahora en adelante debe ser. ¿Yo recuerdo que usted no hacia muchos goles? y moja su lápiz con la boca, tosen, no fume aquí por favor. Sigue: Sólo dos y uno no lo vi porque me sacaron con una fuerte patada, cerré los ojos por el dolor. Si, ella era como esa persona que no se reconoce en las multitudes, que se pierde entre los colores y que no sabes si te puede ver y menos oír, ni nadie más en el estadio sabe que la estás buscando, pero apenas haces el gol la quieres ver ahí, impaciente... ¿Sabe de dónde viene la palabra gol?, se pregunta a sí mismo mientras el reportero ni si quiera levanta los ojos al escucharlo, concentrado en escribir, ni idea, debe ser una metáfora, algo así como el sonido que hacen los lobos después de copular... No, mejor déjeme pensar, no ponga eso. Salen los equipos a la cancha. El aliento de la hinchada envuelve el borrón que esta haciendo el reportero en el cuadernillo. El segundo tiempo va a comenzar. Toman asiento en la caseta deportiva. Se escucha el pitazo inicial.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

I



Camine por la calle San francisco en dirección hacia Santa Isabel. Si a mi me preguntan, diría que había perdido el rumbo hace mucho, quizás tres años, un amplio camino dirigido a un más allá inexistente, forzado por fracasos o por indiferencia o por la perdida de la responsabilidad, y ese fue mi argumento anoche, cuando Alejandro me llamo invitándome al departamento de Néstor; dispuesto a conocer todo, a dejarme llevar por la insensibilidad o por lo que serian los instintos. Los tres habíamos concordado en que ya no había vuelta, pero dudaba. Hay momentos en que pareciera que aun no esta todo perdido, en que todavía añoramos encontrar la felicidad, en suma un halito de esperanza que desapareció cuando divise a Alejandro. Subimos al edificio, de esos nuevos, de quince pisos, y que dan una sombra que se devora a la pequeña calle de San francisco. Néstor nos esperaba, dijo la encomienda sale alrededor de cincuenta lucas por cabeza, estaba todo listo, solo faltaba ver la hora y dar el visto bueno y nos mostro las fotos. Luego salimos a dar una vuelta en dirección al paseo Bulnes, ver algunos libros y comer algo en el café don Quijote. A mi me da un poco de vergüenza, se que nos queremos, pero, ¿nos podremos volver a ver las caras? Y que importa, le conteste a Néstor, no te eches para atrás, total es una para cada una, cada uno tiene su espacio privado, yo no te veré la cara. Pero Alejandro no le has dicho, qué cosa me tenías que decir, mmm, suspira Alejandro, la verdad es que teníamos pensado realizar el sueño del pibe. Ya... susurro. Alejandro se toma un sorbo de café, mira, me dice nos juntamos los tres y hacemos cambios sucesivos, sin preguntas, pero con resguardos. ¿Las minas están dispuestas? Las lucas lo permiten, solo tenemos que envalentonarnos, ir como caballos desbocados, hoy día no hay que echar pie atrás.

Alejandro pidió un pastel, no comas mucho dijo Néstor, pero Néstor pidió un pan tostado con mantequilla y un te. Yo preferí un pan con queso y leche de chocolate. El atardecer en la ciudad se hace dudoso, pareciera que el cambio de luz aterriza en los faroles, en las luces de avisos publicitarios, en el blanco de las vitrinas de los supermercados que se parecen a las salas de espera nocturnas de los hospitales, quizás las ventanas oscuras de los edificios grises rigurosamente le siguen la mano a la propuesta del atardecer, un entrega mayor a los reflejos dorados y rojos: paulatina, despacio las ventanas se regalan a la oscuridad. El paseo Bulnes tiene algo telúrico, algo profundo que ya no podre olvidar jamás, ocurrió algo ahí, un día ya perdido en mi memoria que de donde sea y como sea me propone un pensamiento: el siempre solo se vive en el nunca mas. Porque es así, todos lo lugares tienen su propio pensamiento, dan su propia respuesta a las preguntas que llevamos por dentro, y que a veces suceden y otras veces solo quedan en el silencio. Por ejemplo, cuando íbamos acercándonos a la estatua de Aguirre Cerda, me acorde de los versos de Ernestina Díaz: "imposible es el dolor, cuando el amor es solo imaginado". En eso pensaba, cuando Néstor, rápido, nervioso, dice, miren ahí están. Las tres mujeres, con vestidos ceñidos y cortos, dejan ver sus piernas largas y distintas, bastante guapas. Es cosa de que el lobo huela la carnada para que se desorienten las reflexiones y la moral que le había dejado el remordimiento de la última presa devorada. Las fabulas tienden a perder el sentido de la carne viva, sangrienta, libidinosa, asociada a una necesidad y que hacen al animal, justamente, animal. En frente del departamento me abandono la inteligencia y la razón. El instinto y la coquetería aparecieron. Subimos todos al cuarto, en el ascensor, apretados, sintiendo el perfume amor, amor que dijo Carolina - alta, pelo medio rubio, medio castaño, falda roja de cuerpo completo, me detuve sin disimulo en su escote- que usaba. Ahí quede atrapado. Trate de colocar todos los sentidos en el olor y su cuerpo. Resistir el combate de importuna guerra, aunque el cuerpo ya no nos quiera hospedar, la palabra resistir es lo que le falto al poema de Quevedo. Pero quién soy yo para corregir un poema, más bien, diría que hay que resistir, y si el cuerpo nos abandona, los instintos son duras cadenas que debe cortar. Huellas de éstas sin duda le quedan, marcadas, como si nuestro cuerpo, se mordiera los labios lujurioso, y dijera no hay más que esto. Al mirar por la ventana, frente a la perspectiva de la ciudad de noche, mis ojos se cierran al sentir los besos en el cuello. Por esta noche qué más se puede pedir.


Cuando desperté en la mañana estábamos Alejandro y yo abrazados. No supe como, pero me dio igual. Las mujeres ya se habían ido. Decidí levantarme, la luz del sol me molestaba, necesitaba aire y sombra, un árbol. Mientras bajaba los recuerdos entraban tan desorientados como yo al espacio, ese espacio que se lleva por dentro. ¿Cómo me convencieron? No lo recuerdo. Trate de buscar las calles de antaño, esta vez, no me daba igual el mundo. Hubiese querido detener el tiempo, detenerlo frete a ese momento que nos persigue, pero la vida sigue, es un movimiento imperceptible, solo cuando nos hayamos solos, parece que nos damos cuenta y quisiéramos cambiar de orilla, y poder ser un observador ingenuo, aséptico, sin sentir ese imperativo que nos obliga nuevamente a unirnos, a seguir el ¿destino? ¿Rumbo? ¿Devenir? ¿Acaso nuestro camino ya esta marcado y hagamos lo que hagamos, ya no hay mucho que hacer más que completar una trayectoria fija, como me imagino que lo hacen los planetas frente al sol? o ¿Es que de verdad a cada uno le toca hacerse cargo de su vida, de decidir quien es o quiere ser? Alguna vez se han preguntado por qué el mar esta ahí, por qué las olas siguen, cuál es su sentido y si acaso algo nos quieren decir. Repito, la ciudad nos hace preguntas y creo que la calle San Francisco hoy me dice: ¿quién eres tú? ¿El mismo que hace cuatro años caminaba de la mano feliz con una niña o este que, solo, parece ser incertidumbre? Se queda callada, no suma más interrogantes al hombre que, camina siendo él mismo una más de las interrogantes. O quizás una más: ¿Cómo te llamas? Ya no sé ni mi propio nombre.


Antes, por lo que he leído, esta ciudad era más campo. Calles de tierra, abundaban los animales de granjas pequeñas como gallinas, perros, algunos chanchos me imagino e incluso vacas. Por qué no, las cosas cambian y ha pasado mucho tiempo desde ese entonces. Pero hay algo que sigue igual, quienes habitamos estas ciudades aparentemente distintas, vivimos deambulando, siempre existieron vagabundos de un día o viajeros que se dieron a observar todo sin echar raíces, sin generar vínculos. Santiago es una ciudad perfecta para eso. Con un buena caja de cigarrillos y agua suficiente se puede pasar un día entero sentado en la plaza de armas o en la catedral, o en el paseo ahumada, sin decir nada, acariciando a los perros que pasan o escuchando conversaciones ajenas, cuerpos ajenos, esperando que el sol cumpla su itinerario desde la cordillera de los Andes hasta el horizonte de edificios por el oeste, sin quehaceres. En el quiosco de frente de la calle Moneda, venden revistas de historia, me acerco, leo el titular que habla sobre los templarios, pero compro, era mucho más barata, una revista literaria que trae en la portada una imagen de Carlos Fuentes. Al hojearla, me doy cuenta de que trae artículos de Savater, Rosa Montero, Santiago Gamboa sobre el valor de la literatura. Leo solo un rato, porque al frente aparece la mujer rubia-castaña de la noche. Es ella o una mujer que se le parece extraordinariamente. Decido seguirla, sin que se de cuenta, despacio, camuflado entre la gente. ¿Quién se podría imaginar que es seguido en pleno centro de la capital? Espero que ella no sea la excepción. Atravesamos juntos Nataniel, a muy poca distancia, cuido de que no se crucen nuestros ojos, me detengo unos segundos haciéndome el desentendido frente a una vitrina de helados, pero sin perderla de vista. Se detiene en el edificio del Banco C, al lado hay un edificio de departamentos. Apuro el paso. Toca un timbre y al abrirse la puerta mira hacia mi dirección y desaparece. Dudo entre seguir o quedarme sentado afuera esperando. Toco el timbre, busco a Carolina, digo recordando su nombre, pero me dicen que no se encuentra nadie con ese nombre. Cuando sale un hombre aprovecho de entrar, hay un pasillo estrecho en donde una escalera circular, como un caracol, se va perdiendo hacia arriba entre la luz tenue que entra por las ventanas. Solo esta la opción de subir, lo hago nervioso, luego de dos tramos hay cinco puertas, parecen viejos departamentos. Me siento. ¿Qué haces? me pregunto, ¿Desde cuándo se rompió el puente de la sana moralidad que cruzábamos y ahora, en caída libre, ni sabemos cuándo vendrá el golpe, ni en dónde pararemos? ¡Qué extraño!, resulto ser darse cuenta que era la misma pregunta que se había hecho el esposo de Ana Karenina cuando se entera que su esposa le estaba siendo infiel: una oscuridad repentina, pero llena de estrellas en el cielo. El desamparo no era entero. Por lo menos aquí esta fresquito, un aire helado mezclado con cera tiene un efecto aletargado, como si fuera un descanso obligado o será que es la vuelta a las condiciones de ser humano consiente y a los recuerdos de anoche, cuando ella puso sus manos en sus hombros, de dedos largos y blancos, como le gustaban, y bajaban paralelas un corto tramo para juntarse en su pecho y dirigirse, sin no antes erizar sus pelos hasta el beso grande, símil a los efectos de un alucinógenos y el éxtasis del cuerpo; era llevar al extremo la materia, la alegría veloz de un átomo girando, invisible al mundo, pero real frente a los ojos de la técnica del científico, tal real como el llanto que siente ahora, proveniente de la tercera puerta, que tiene un numero cinco dorado.

domingo, 8 de noviembre de 2009

L.Q.D.D

Hace quince años que no me sentaba en la calle, si, aquí pegadito a la vereda, medio hincado o con las piernas cruzadas, eso si, en esa postura a uno se le terminan durmiendo, así que más vale ir cambiando el cigarrillo de la mano y frotárselas fuerte, pa' que las hormigas ficticias, fantasmas, fuera del espacio, salgan volando sin dolor alguno. Parece que la verdadera democracia esta en una procesión de tambores "carnavalescos", solo tambores, y los golpes que se perfilan de izquierda a derecha, como si en algún momento se descifrara el misterio de la libertad y del tiempo. Algo así como si la libertad fuera estar aquí sentado en la calle, como una piedra a la orilla de un río, y la primera idea sobre el tiempo: que todos los días son iguales, más vale entonces dotarlos de conciencia... de estar aquí, viendo a la diosa del carnaval, de la fiesta, moviéndose y quebrando las formalidades del orden del cuerpo y de la ropa y tratar de que exista una pausa entre los ojos de ella movedizos, como empuñados detrás de la mascara celeste con cintas rojas y esquirlas doradas, y los míos felices de estar lanzados al fin y al cabo al vacio, si total, no van a llegar a los de ella, no envidio a nadie, no los quiero, pero me gusta creer a que si. No tengo calles, pero si tu compañía. ¿Otro cigarro?